Cuando Amara nació, ya tenía la experiencia de haber amamantado a África y no pensé que podría tener problemas. Al ponerme al pecho por primera vez a Amara le costó un poquito más que a su hermana pero en unos cuantos intentos ya estaba con mi pequeña viéndola como tomaba su teta por primera vez.
La posición de Amara no era la correcta y me empezaron a salir grietas. Ella no habría lo sufientemente la boca para coger parte de areola mamaria, el labio de abajo se le quedaba un poco metido, y era un suplicio ponérmela al pecho del dolor que tenía. Hablé con una matrona del Centro de Salud y me explicó lo de la postura y que en unas dos o tres semanas se me irian las grietas. Yo intentaba corregir la postura y poco a poco se me fueron yendo las grietas.
Cuando Amara apenas tenía tres semanas, estando en casa empezé a sangrar muchísimo, salimos corrieno hacia el hospital y me quedé ingresada ya que me habían quedado restos de placenta dentro del útero después del parto y me tenían que hacer un legrado, Amara por supuesto ingresó conmigo y así poduimos continuar con nuestra lactancia a demanda.
Fue increible lo que tuvimos que pelear mi marido y yo para que a nuestra hija no le dieran ni un sólo biberon. Cuando vinieron a por mi para lleverme al quirófano estaba dando de mamar y me dice una enfermera deja la niña que ahora mismo le damos un biberon, por supuesto le dije que mi hija me esperaría a que yo llegara y poder seguir dándole, que en 15 minutos que tardaría en volver a la habitación no era necesario ningún biberon. Y en efecto el legrado fue muy rápido y en seguida estaba otra vez en la habitación, pero tuve la mala suerte de que no salió bien, empezé a sangrar mucho y tenía muchísimo dolor con lo que me tiré más tiempo del esperado en el hospital, yo estuve una noche entera fuera de la habitación donde estan los quirófanos y paritorios, volvieron a hacerme un legrado y tuvieron que ponerme sangre. Durante esa noche mi marido se tuvo que pelear con las enfermeras de la planta porque le querían dar biberones, y él les dijo que mientras yo estuviera allí, mi hija sólo tomaría pecho (que suerte tienen mis hijas de tener el padre que tienen), y así fue esa noche me la estuvo trayendo para que le diera de mamar y luego subía arriba con ella a la habitación. Por la mañana cuando salí del quirófano y me desperté de la anestesia lo primero que les pedí que me trajeran a mi hija para darle de mamar, allí eran matronas y si que apoyaban la lactancia, pero en la planta las enfermeras era una continua lucha. Me habían puesto dos bolsas de sangre y en la habitación de la planta me pusieron la última, estaba con Amara al pecho cuando pasó un enfermero y vió que por la posición del brazo no me caía bien la sangre “las dos cosas a la vez no puedes hacer, asi que ahora mismo te traigo un biberon porque te tiene que pasar la sangre” a lo que le dije que cuando mi hija acabara seguría pasándome sangre.
Si no hubiéramos tenido las cosas tan claras sobre el tema de la lactancia a saber los biberones que le hubieran dado sin niguna necesidad.
Un día vinieron unas chicas al hospital de la asociación de amamanta, donde hacen una labor estupenda ayudando a mamás en esos primeros días con la lactancia, y me comentaron del libro de “Un regalo para toda la vida” de Carlos González, en cuanto me dieron el alta me lo leí y me ayudó muchísimo con mis dudas, creo que es un libro imprescindible para todas las mamás que queremos dar el pecho sobre todo en esta sociedad donde la cultura del biberon está tan arraigada.
Amara ahora tiene 28 meses y seguimos con nuestra lactancia a demanda, demanda de alimento, de querer estar con su mami, de relajarse para dormir, de consuelo cuando no se encuentra bien. En la teta tiene la ayuda que necesita para crecer feliz, hasta el día que decida que ya no la necesite.